8 Septiembre
La natividad de María es el
preludio de la Natividad
de Jesús, pues con la aparición de Ella ya empieza a realizarse el Plan de Dios
para la Encarnación
de su divino Hijo. El Altísimo predestina a la Virgen de Nazaret y la
prepara para que sea la Madre
de Dios. La Madre
preanuncia al Hijo, cuando dice que el Hijo está a punto de llegar, que las
promesas antiguas sobre la salvación de la Humanidad, se van a convertir en historia. Toda
la grandeza de María es esta: Es la criatura elegida por Dios para que sea la Madre de su Unigénito.
Miqueas la profetizó: como “la que ha de
dar a luz”, afirmando que el tiempo de su parto era el comienzo de una era
nueva. Pues, en Belén, al nacer Jesús de la Virgen María, comenzará la era
de la salvación mesiánica.
La Natividad de María, es,
pues, la aurora de la
Redención: con Ella aparece una luz nueva sobre toda la Humanidad: luz de
pureza, de inocencia, de gracia precursora de la gran Luz que envolverá la
tierra cuando nazca Jesús” Luz del mundo.”
La Virgen María estuvo
preservada del pecado; estaba llena de
Gracia; no contrajo el pecado original en previsión de los méritos de Cristo.
No solo anuncia la redención cercana sino que es la primera redimida por su
Hijo divino y su Concepción Inmaculada la preservó del pecado original.
Después del nacimiento de Jesús,
ningún otro nacimiento ha sido tan importante para Dios y tan precioso para el
bien de todos los hombres como el de María. Es lástima que su nacimiento haya
quedado en la oscuridad, que nadie lo hubiera registrado. Sus orígenes y toda
su vida se pierden en el silencio. Su nacimiento es un acontecimiento grandioso
envuelto en su profunda humildad. La fiesta que celebramos hoy, es una
invitación a la vida escondida con María en Cristo y con Cristo.
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