DEVOCIÓN MARIANA
La devoción mariana se ha de
vivir en un espíritu ecuménico. Hay que prevenir los mal entendidos. En
particular, la Iglesia universal ha de respirar con sus dos pulmones, la Iglesia occidental y la
Iglesia oriental.
La devoción mariana debe
ofrecernos la imagen de un hombre sana, sin artificios, y actual. Sobretodo,
las notas femeninas y maternales son necesarias hoy y útiles para la imagen
espiritual de la Iglesia, sobrecargada de burocracia, de intelectualismo y una
gran falta de espiritualidad. Además, hay que hacer visible la solidaridad de
la Iglesia con todos los hermanos y hermanas en el mundo, particularmente con
los pobres, con los refugiados víctimas de la guerra, que lo han perdido todo: algunos, casa y
familia; y, además de la pobreza, tienen que seguir viviendo con los recuerdos
y la soledad.
Las plegarias marianas nos llevan
a un contacto palpable con el Señor y a una experiencia confortadora de la
redención:
El “Ave María” comienza con
palabras bíblicas. Una palabra del ángel:”Alégrate, llena de gracia, el Señor
está contigo”; una palabra de Isabel: “Eres bendita entre todas las mujeres y
es bendito el fruto de tu vientre. ”Estas palabras de la sagrada Escritura que
contienen el núcleo de la auténtica piedad mariana, vienen seguidos de una
plegaria final preciosa: María es invocada con el título cristológico de “Madre
de Dios”; su intercesión “por nosotros, pecadores” se la pedimos para ahora y
para la hora de nuestro encuentro decisivo con su Hijo, el día de nuestra
muerte.
El “Angelus”, rezado a la mañana,
mediodia y a la tarde, se ha empezado a rezar en una época en que la paz estaba
muy amenazada. La plegaria comprende tres palabras bíblicas relativas a
Jesucristo: el anuncio de la encarnación, la respuesta de María; la misma
encarnación. Una “Ave María” sigue a cada una de estas tres palabras. Así
estamos con Aquel Dios que nos ama tanto y que se ha hecho “Dios con nosotros”
y nos acercamos a la luz de la redención.
La Iglesia occidental conoce
desde hace siglos el “Rosario”. Es una plegaria contemplativa de alabanza y de
súplica. Es una plegaria comunitaria; pero se puede hacer personalmente sin que
por eso deje de ser contemplativa. Esta contemplación tiene por objeto los
misterios de Jesús: la alegría de los comienzos de la vida terrenal del
Hombre-Dios, su vida pública ; el final de la vida pública en la Pasión y la muerte
redentora en la Cruz,
la resurrección de Cristo y su glorificación; a partir de la cual, Él envía a
la Iglesia de parte del Padre el Espíritu y en ella acoge a su Madre, el
prototipo de la
Iglesia. Entre los diferentes misterios recitamos el
“Padrenuestro” y el “Gloria al Padre”. En cada decena de avemarías contemplamos
el misterio que toca y nos dejamos interpelar por él. Este espacio no está
vacío ni es impersonal, la Virgen Madre
y su Hijo están presentes. El Rosario es una plegaria bíblica., un breviario
del Evangelio (PioXII).
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