jueves, 17 de septiembre de 2015

DEVOCIÓN MARIANA



DEVOCIÓN MARIANA

La devoción mariana se ha de vivir en un espíritu ecuménico. Hay que prevenir los mal entendidos. En particular, la Iglesia universal ha de respirar con sus  dos pulmones, la Iglesia occidental y la Iglesia oriental.

La devoción mariana debe ofrecernos la imagen de un hombre sana, sin artificios, y actual. Sobretodo, las notas femeninas y maternales son necesarias hoy y útiles para la imagen espiritual de la Iglesia, sobrecargada de burocracia, de intelectualismo y una gran falta de espiritualidad. Además, hay que hacer visible la solidaridad de la Iglesia con todos los hermanos y hermanas en el mundo, particularmente con los pobres, con los refugiados víctimas de la guerra,  que lo han perdido todo: algunos, casa y familia; y, además de la pobreza, tienen que seguir viviendo con los recuerdos y la soledad.

Las plegarias marianas nos llevan a un contacto palpable con el Señor y a una experiencia confortadora de la redención:

El “Ave María” comienza con palabras bíblicas. Una palabra del ángel:”Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo”; una palabra de Isabel: “Eres bendita entre todas las mujeres y es bendito el fruto de tu vientre. ”Estas palabras de la sagrada Escritura que contienen el núcleo de la auténtica piedad mariana, vienen seguidos de una plegaria final preciosa: María es invocada con el título cristológico de “Madre de Dios”; su intercesión “por nosotros, pecadores” se la pedimos para ahora y para la hora de nuestro encuentro decisivo con su Hijo, el día de nuestra muerte.

El “Angelus”, rezado a la mañana, mediodia y a la tarde, se ha empezado a rezar en una época en que la paz estaba muy amenazada. La plegaria comprende tres palabras bíblicas relativas a Jesucristo: el anuncio de la encarnación, la respuesta de María; la misma encarnación. Una “Ave María” sigue a cada una de estas tres palabras. Así estamos con Aquel Dios que nos ama tanto y que se ha hecho “Dios con nosotros” y nos acercamos a la luz de la redención.

La Iglesia occidental conoce desde hace siglos el “Rosario”. Es una plegaria contemplativa de alabanza y de súplica. Es una plegaria comunitaria; pero se puede hacer personalmente sin que por eso deje de ser contemplativa. Esta contemplación tiene por objeto los misterios de Jesús: la alegría de los comienzos de la vida terrenal del Hombre-Dios, su vida pública ; el final de la vida pública en la Pasión y la muerte redentora en la Cruz, la resurrección de Cristo y su glorificación; a partir de la cual, Él envía a la Iglesia de parte del Padre el Espíritu y en ella acoge a su Madre, el prototipo de la Iglesia. Entre los diferentes misterios recitamos el “Padrenuestro” y el “Gloria al Padre”. En cada decena de avemarías contemplamos el misterio que toca y nos dejamos interpelar por él. Este espacio no está vacío ni es impersonal, la Virgen Madre y su Hijo están presentes. El Rosario es una plegaria bíblica., un breviario del Evangelio (PioXII).




No hay comentarios:

Publicar un comentario