Jesús, radicalmente viril, era un
apasionado de los niños. En la época de Jesús se despreciaba la infancia y se
respetaba la ancianidad; pero Él, que no quiso tener hijos de su carne, se
atrevió a poner a los pequeños como modelos. Repartía su amor entre los
pecadores y los niños.
Vivió en uno de los siglos que
más se despreciaba a los niños que, eran tolerados con la esperanza de que se
harían mayores. No contaban como personas; eran pequeños seres despreciables,
nadie hablaba con un niño porque era tiempo perdido. La virtud de una persona
se valoraba por los años; tantos más años se iban cumpliendo, tantos más
méritos se iban consiguiendo. Quién conseguía llegar a viejo, había llegado a
la cima de sus aspiraciones Cuando los
Apóstoles tratan de separar a los niños de su Maestro, sólo hacen lo que
hubiera hecho cualquier judío.
Pero Jesús, rompería con su época;
volvería el mundo al revés, entronizaría la sencillez de los niños por su
inocencia y por su carencia de
expectativas negativas, ensalzaría la debilidad en aquel mundo de viejos llenos
de malicia; y, a sus discípulos les pediría que volvieran a ser niños.
Jesús conoce a los niños, conoce
sus juegos; ; disfruta mucho con su alegría cuando tocan la flauta a sus amigos
y juegan a imaginarios llantos. Jesús tiene en cuenta a los niños, porque de su
boquita sale la oración y la alabanza
que agrada a Dios…ellos aprenden, son inteligentes porque a ellos, “a
los párvulos y no a los sabios”, Dios les entregó su Palabra. Jesús quería a
los niños, los abrazaba, los acariciaba
con una efusión que los evangelistas no habían visto ni referida a su Madre. Los
niños, querían a Jesús, corrían hacia Él , atraídos por su Amor que ellos sabían
descubrir.
Jesús se preocupaba seriamente
por los niños y reprendía con dureza al que les hiciera algún mal, sobre todo
al que escandalizare a alguno de ellos:”Al que escandalizare a uno de estos
pequeñuelos que creen en Mí, más le valiera que le colgasen una rueda de molino
y lo hundieran en el fondo del mar”(Mt.18)”Porque es voluntad de vuestro Padre
que no se pierda ni uno sólo de estos pequeñuelos”.
Y es que, Jesús, llegó a su plena
madurez sin que hubiera dejado de ser niño. Su pureza, la limpieza de su alma,
la total ausencia de ambición y de egoísmo, justifican el misterio de su
permanente infancia.
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