Después de haberse aparecido a
María Magdalena, a las demás mujeres, a Pedro y a los discípulos de Emaús en la
tarde de la Pascua,
Jesús se aparece a los Once y a los que estaban reunidos con ellos en Jerusalén.
Ya todos creen en la
Resurrección y están hablando de ella: “El Señor ha
resucitado y se ha aparecido a Simón”. También han escuchado el relato de los
de Emaús. Pero cuando Jesús en “Persona”
se aparece en medio de ellos se quedan petrificados y llenos de miedo…Las
puertas estaban cerradas por miedo a los judíos y se preguntaban ¿será Jesús?,
¿será un fantasma? El propio Jesús les ayuda a tener fe y a darse cuenta de la
realidad:: Ved mis manos y mis pies, que yo soy. Palpadme y ved que soy yo; ved
que el espíritu no tiene carne ni huesos como tengo yo; tocad; lo que se palpa
no puede ser imaginario. Era tanta la alegría de ver de nuevo vivo al Maestro
que no se atreven a creerse a sí mismos. Y el Señor; poniéndose a su nivel,
dice: ¿Tenéis aquí algo de comer?. Y tomó con ellos un poco de pez, lo comió
“delante de ellos”. Por su estado glorioso no tenía ninguna necesidad física,
pero tomó el alimento para demostrar a los suyos la realidad concreta de su
Persona. Lo ven allí, en medio de ellos, con su cuerpo glorificado, y aunque
éste tiene unas propiedades especiales como el aparecer y el desaparecer de
repente, sin embargo es un verdadero cuerpo, como lo atestiguan las heridas de
los clavos en las manos y en los pies.
El Señor Resucitado, en sus
apariciones, se adapta al ánimo de aquellos a los que se aparece. No trata a
todos de la misma manera.; pero a todos los conduce a la certeza de su
Resurrección. Porque la
Resurrección es la clave de todo el cristianismo y por eso el
Resucitado quiere dar todas las garantías para que la fe de los creyentes se
apoye en algo sólido. ¡ALELUYA, EL SEÑOR EN VERDAD HA RESUCITADO!
