Uno de los problemas de más
envergadura es el movimiento de masas, casi siempre obligadas por motivos
laborales. Es un derecho de todo hombre el de salir de su tierra y emigrar. La
sociedad entera debe apoyar al emigrante y considerarlo en toda su dignidad
personal y humana, El emigrante no es un instrumento de producción; es una
persona a la que hay que respetar como tal. Por lo tanto, hay que respetar su
derecho a tener una vivienda digna, a formar y agrupar a su propia familia y a
la incorporación a la vida social del país que se beneficia con su trabajo.
La Doctrina Social de la Iglesia
insistirá en la jerarquía de valores, afirmando que el capital está en función
del trabajo y no a la inversa. En tal caso, el emigrante no tiene que
encontrarse en desventaja frente a los trabajadores nativos y la emigración no
puede convertirse en ocasión para la explotación financiera o social.
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