El hombre es una criatura que es
capaz de amar como criatura. El amor humano llega al afecto, simpatía,
sentimiento y, hasta pasión que le permite llegar a una entrega total a la
persona amada, como la madre con el hijo. Sin embargo, este amor tan bello,
libre de todo egoísmo, dista infinitamente de la caridad, la cual es
participación de la caridad infinita que es el Espíritu Santo, y, por lo tanto
del amor de Dios mismo.
El hombre no puede tomar ninguna
iniciativa, sólo Dios puede hacerlo y, de hecho, Dios ha amado “primero” al
hombre y, amándolo ha derramado en él su amor divino para que el hombre pueda
amarlo con su mismo amor. Aunque, la capacidad afectiva, por grande que sea, no puede producir ni siquiera un grado de
amor divino
La Sagrada Escritura
nos presenta a Dios como Amigo de los hombres: con Moisés hablaba cara a cara, como haba un
hombre con su amigo, (Ex,33,11). El mismo Dios llama a Abrahán amigo suyo; los
hebreos apelaban a esta amistad; le pedían
que tuviera misericordia con ellos por intercesión de Abrahán, su amigo,
(Is,41). Toda la revelación nos presenta un Dios que acompaña al hombre, que se
inventa toda clase de intervenciones para ganarse a los hombres, “para
invitarlos a la comunión consigo y recibirlos en su compañía”, (DV 2) Y, ya el colmo del amor divino llega a un
grado cuando Dios mismo, Verbo eterno, Sabiduría increada, toma carne humana
para poder estar con los hombres y hablar con ellos. Entre Dios y los hombres
hay una distancia infinita y, precisamente por eso, para hacer posible su
amistad con los hombres, se hace Dios –Hombre y hace al hombre partícipe de su
divinidad
La amistad exige una benevolencia
recíproca. Dios ama al hombre primero; el amor del hombre sólo puede ser una
respuesta. La manera que tiene el hombre de pagar este amor de Dios es aceptándolo,
abriéndole su corazón, dejándose amar por Él. El mismo amor divino que Dios ha
infundido en el hombre, pueden ser las primicias de su amor: El amor es de
Dios, sólo de Él puede venir, porque el hombre no puede amar a Dios de forma
sobrenatural, necesariamente lo tiene que amar
con el mismo amor de Dios. Si el hombre es capaz de corresponder
haciendo lo que le es grato a Dios, la amistad será perfecta porque se funda en
igualdad de amor.
El misterio de la amistad entre
Dios y los hombres, hay que aceptarlo como un Don; su naturaleza no es amor
humano, sino amor divino y, gracias a él, el hombre se vuelve capaz de amar con
amor divino. Jesús nos habló muchas veces de este amor divino comunicado a los
hombres; de manera especial, en la Última Cena: “Como el Padre me amó, yo también
os he amado a vosotros; permaneced en mi amor”, (Jn,15,9) Y, volviéndose al
Padre: “el amor con que Tú me has amado
esté en ellos, y yo en ellos”, (Jn,17,26). Este es el camino del amor divino:
del Padre al Hijo, del Hijo a los hombres. El hombre será amigo de Dios si
quiere y hace lo que quiere Dios.
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