martes, 20 de octubre de 2015

EL SACERDOCIO DE LOS FIELES

Vosotros sois linaje elegido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido para  anunciar las alabanzas de Aquél que os ha llamado de las tinieblas a su admirable Luz” Son las palabras de San Pedro para referirse al sentido del sacerdocio común de los fieles, los cuales, en virtud de los sacramentos, particularmente del Bautismo y de la Confirmación, han quedado consagrados al servicio y culto de Dios y destinados a ser sus heraldos ante todos los hombres. El sacerdocio de los fieles se distingue del ministerial porque no han recibido el sacramento del Orden. Ellos no tienen el poder de consagrar la Eucaristía, ni tampoco perdonar los pecados ni administrar los demás sacramentos, excepto el del Bautismo en casos especiales. Los fieles, ni siquiera pueden anunciar con autoridad la Palabra de Dios. Pero están llamados a la participación del Sacerdocio de Cristo y, en virtud de él quedan destinados al culto de Dios. Nos lo dice Santo Tomás, (363, 2-3). Y, San Pedro( 1 Pe,2 4-5) nos compara a piedras vivas que formamos parte de la construcción de un edificio espiritual, para un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales agradables al Padre por mediación de Jesucristo. A esta dignidad se llega por la participación de la vida de Cristo, al participar  de su Sacerdocio, el cristiano también adopta una actitud sacerdotal toda la vida, de manera que, cada acción suya sea digna de ser ofrecida a Dios como víctima, como sacrificio espiritual, para rendirle honor reconociendo su soberana majestad, no solo en nombre propio, sino también en el nombre de todos los hombres y en unión al sacerdocio de Cristo.

Los fieles incorporados a la Iglesia por el Bautismo quedan destinados a la práctica de la religión cristiana, y, regenerados como hijos de Dios, están obligados a confesar su fe , la que recibieron de Dios a través de la Iglesia. El Bautismo es una consagración real, por eso el fiel queda consagrado al servicio y culto de Dios exclusivamente. Antes de la administración del sacramento, la Iglesia, le ha exigido la renuncia a Satanás y una profesión formal de fe, que el cristiano debe reflejar a lo largo de su vida. Y así dar testimonio de Dios por donde quiera que pase. Todo robustecido por el sacramento de la confirmación; el cual vincula a los fieles a la Iglesia, más estrechamente y son enriquecidos por una fuerza espiritual recibida del Espíritu Santo. Y, por la fidelidad a su Bautismo y Confirmación,  se hacen capaces de ofrecerse a Sí mismos “como víctimas, vivas, santas, agradables a Dios”, (Rm 12,1) en unión con Cristo Sacerdote y Víctima, para gloria del Padre y salvación de los hombres.

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