La fiesta de Todos los Santos que
celebramos hoy, es una fiesta bonita, optimista y cargada de esperanza: el
proyecto del Reino que con tanto cariño vivió y predicó Jesús, ha sido aceptado
por muchísimas personas y comunidades de todos lo tiempos. La Liturgia de la Iglesia
peregrina se une hoy a la Iglesia celestial para adorar y celebrar a Cristo fuente de la santidad y de la gloria
de los elegidos, una “muchedumbre inmensa de toda raza, nación, pueblo y lengua”. Todos están “marcados en la
frente” y “vestidos con ropas blancas”, “lavadas en la sangre del Cordero”,
símbolos del Bautismo que imprime en el hombre el carácter inconfundible de
pertenencia a Cristo y que, habiéndolo purificado del pecado, lo reviste de
pureza y de gracia bañándolo con su Sangre. Ya que la santidad no es más que la
fidelidad a la gracia bautismal y ello es posible a todos los bautizados.
Los Santos que celebramos hoy, no
son sólo los que están canonizados;
también celebramos otros mucho más numerosos, desconocidos que, con la
ayuda de Dios se han santificado observando una vida sencilla, sin brillo, sin gestos
de ostentación; pero que han sido capaces de vivir una vida de piedad real y
preciosa a los ojos de Dios. Ya en la bienaventuranza eterna, todos los
elegidos, no cesan de dar gracias a Dios cantando con los ángeles: “La salvación
es de nuestro Dios, que está sentado en el trono y del Cordero. Y responde en
el cielo el “AMÉN” eterno de los ángeles, arrodillados delante del trono del ALTÍSIMO; y en la
tierra, mientras caminamos hacia la patria celestial, el Pueblo de Dios, también
adora y canta su AMÉN, unidos a Cristo que abre a todos el camino de la
santidad.

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