sábado, 21 de marzo de 2015

EN EL CRISTO PACIENTE

EN EL CRISTO PACIENTE “Yo, como cordero manso, llevado al matadero, no sabía los planes homicidas que contra mí planeaban : “Talemos el árbol en su lozanía, arranquémoslo de la tierra vital, que su nombre no se pronuncie más”.(Jer.11,19).Jeremías también buscado a muerte por sus conciudadanos, es figura de Cristo perseguido, “ el Cordero de Dios”,como un día sería saludado por Juan el Bautista en el Jordán. El Cordero de Dios conducido al matadero para quitar los pecados del mundo,( Jn 1,29). Pero existe una gran diferencia: Jeremías ignora lo que se está tramando contra él, mientras que Cristo conoce perfectamente la pasión que le espera; Él es el Mesías enviado para salvar al mundo. Se trata de una inmolación libre y consciente a la voluntad del Padre:”Nadie me quita la vida, sino que yo la entrego libremente. Tengo poder para entregarla y tengo poder para recuperarla: Este mandato lo he recibido de mi Padre”(Jn10, 18) Y Jesús, como un cordero manso, se enfrenta a la horrible pasión que le espera, porque el Hijo de Dios, para salvar a los hombres, tuvo que asumir su naturaleza humana pasible a fin de que la expiación de todos sus pecados y también su santificación, fuera posible, sufriendo todo el dolor de la humanidad. El Cristo Inocente, Santísimo, que no había pecado nunca, se puso en el lugar del hombre pecador para que le fueran perdonados sus pecados…Para encontrarse con Jesús, los hombres, deben aceptar el sufrimiento como Él, no con una paciencia resignada, forzada, porque no se puede evitar. La paciencia cristiana es una aceptación libre, gozosa; por amor a Cristo el cristiano se une a Él y acepta de buen grado todo lo que en la vida le crucifica, pues, en esta amorosa conformidad con la voluntad de Dios, de alguna manera, glorifica a Dios en Jesucristo; a través de esta adhesión voluntaria se asemeja al Cristo paciente y, como que participa en el propio misterio de Cristo, es muy bueno que el hombre acepte los sinsabores de la vida y que lo viva todo unido a Cristo crucificado y resucitado. Ya lo dice San Pedro: “Estad alegres cuando compartís los padecimientos de Cristo, para que cuando se manifieste su gloria reboséis de gozo”.(1 Pe 4,13). Cristo sufrió en Sí mismo todas las amarguras, todas las congojas, todas las angustias para hacérselas más soportables a los hombres. Mirando al Crucificado, ningún hombre se puede sentir solo con su dolor y, fortalecido por la gracia de Cristo aprenderá a vivir su propio sufrimiento personal sin abatirse y a ofrecerlo por la conversión de los hermanos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario