Para ordenar nuestra vida, el
Señor nos regala los días y las noches. El hombre sale cada mañana a trabajar
hasta el anochecer y, cuando llega la noche, el Señor nos ordena que dejemos
cualquier tipo de trabajo que estuviéramos realizando porque quiere que vayamos
a descansar: nosotros nos resistimos, hubiéramos querido continuar
“trabajando”, pero Dios extiende un gran manto negro sobre nuestra vida y la
oscuridad nos envuelve y comprendemos EL que ya sólo queda obedecer, pedirle perdón
por las cosas que pudimos hacer mal y darle gracias por todos los bienes
recibidos. Cuando la oscuridad se cierra a nuestro alrededor, vivimos un ensayo
de la muerte; y el alma y el cuerpo se dan las buenas noches… Llega la mañana y
con ella nuestro re-nacimiento. Todos los días comienzan con un nacimiento y
acaban con una muerte, cada día es una vida en miniatura. Al final, nuestra
vida habrá sido santa y agradable a Dios si nos hemos comprometido y hemos
procurado que cada jornada fuera grata a Dios desde que nace el sol hasta su
ocaso. Y también las noches, porque de la misma manera se las hemos ofrecido al
El Señor nos dice cada mañana:
“Pórtate bien hoy; ya no te acuerdes de ayer, que ya pasó; y, no te preocupes
tampoco de mañana, porque aún está en las manos del Señor, que no sabes si
llegará para ti…El día de ayer ha desaparecido para siempre con todas sus
posibilidades y con todos sus peligros. De él ya sólo te han quedado motivos de
contrición Señor. por las cosas que no hiciste bien y motivos de gratitud por
los dones que has recibido de Dios.
El día de hoy lo vamos a comenzar
ofreciéndoselo a Dios; no se puede empezar un día de cualquier modo. El
ofrecimiento de obras por la mañana nos dispone
para escuchar las innumerables inspiraciones y mociones del Espíritu Santo que
ya no se repetirá nunca más. En cada jornada nos habla Dios. De buena mañana le
decimos al Señor que queremos servirle y vivir en su Presencia y que queremos
ofrecerle nuestro amor filial, que estamos decididos a afrontar la vida con esperanza
, pero si por desgracia nos portamos mal, estamos dispuestos, como hijos, a
superar nuestra falta con un acto de
amor sincero.. Nuestras oraciones se las ofrecemos a través de su Madre que
también es Madre nuestra
San Pablo exhortaba a los
primeros cristianos a ofrecer todo su día a Dios. Les decía a los de Corinto:”Ya
comáis, ya bebáis o ya hagáis alguna otra cosa, hacedlo todo para gloria de
Dios”. Muchos cristianos tienen el hábito adquirido de dirigir su primer
pensamiento a Dios; si se despiertan durante la noche, también saludan al
Señor. Y, al levantarse le ofrecen el “minuto heroico”, una verdadera
mortificación que fortalece la voluntad del cristiano y le ayuda para el resto de la jornada. No hay unas fórmulas
concretas, cada uno hace el ofrecimiento de obras y la consagración personal
diaria a Nuestra Señora: “¡Oh Señora mía! ¡Oh Madre mía! Yo me ofrezco del todo
a Vos, y en prueba de mi filial afecto, os consagro en este día mis ojos, mis oídos,
mi lengua, mi corazón; en una palabra, todo mi ser. Ya que soy todo vuestro,
¡oh Madre de bondad! Guardadme y defendedme como cosa y posesión vuestra. Amén.”
Seguimos con el Bendita sea tu pureza a la Virgen y con la oración al Ángel de la Guarda; recordamos los propósitos de enmiendo que hicimos al ir
a dormir y ahora los renovamos y le pedimos a nuestro Abba la gracia para
cumplirlos: “Señor, Dios Todopoderoso, que nos has permitido llegar al comienzo
de este día: sálvanos hoy con tu poder, para que no caigamos en ningún pecado;
que nuestras palabras, obras y sufrimientos, sigan el camino de tus mandatos. AMÉN.
Pensemos que un día será el último
y también se lo habremos ofrecido a Dios, nuestro Padre y, si hemos sido
fieles, si le hemos ofrecido continuamente a Dios nuestra vida, Jesús se pondrá
contento y nos dirá como al buen ladrón: “Hoy estarás conmigo en el paraíso”.

No hay comentarios:
Publicar un comentario