martes, 7 de julio de 2015

LA PIEDAD

Muchas batallas se libran todos los días en el corazón del hombre que, sólo puede vencer a sus enemigos, por la fuerza que Dios le comunica. Jacob, nuestro Patriarca, sostuvo un duro combate con un ángel con figura de hombre, Jacob ganó el combate gracias a la fuerza que Dios le comunicó. Él había vivido una vida muy humana, apoyado solo en medios muy naturales; pero , a partir de ahora, confiará y contará para todo con Javhé que para eso reafirmó en él la Alianza con el pueblo elegido. La lección de esta hazaña era que ya no le faltaría nunca la bendición y la protección divina en las dificultades que se le pudieran presentar a lo largo de su existencia. Esta escena del Antiguo Testamento es imagen de las luchas espirituales que han de sostener los cristianos con fuerzas muy superiores a ellos, y con ellos mismos, contra sus propias pasiones y tendencias, inclinados al mal, después del pecado de nuestros padres. Advierte San Pablo: “No es nuestra lucha contra la carne y la sangre, sino contra los principados, contra las potestades, contra los dominadores de este mundo, contra los espíritus malos de los aires”. Son los ángeles rebeldes que ya han sido vencidos por Cristo; pero no dejarán de atacar al hombre hasta el fin de su vida. Cada hombre en su alma, lucha contra un ejército. Los enemigos son la soberbia, la avaricia, la sensualidad, la pereza…Dice San Agustín que es muy difícil que el hombre salga ileso de estos ataques. Sin embargo, la victoria es nuestra si oramos todos los días, si vivimos en la Presencia de Dios, si pedimos la intercesión de nuestro Ángel Custodio y de nuestra Madre, la Virgen María. Cristo, el Señor, el Juez Supremo, en el combate que nos enfrenta al Demonio, Cristo no está indiferente; está por entero de nuestra parte. En el día de nuestro Bautismo, a nosotros nos ha ungido con el óleo de la alegría y, al diablo, lo ha atado de pies y manos con lazos irrompibles para paralizar sus acometidas, de tal manera está condicionado el demonio que para que nos haga daño, tenemos que acercarnos a él; pero aún así, si el hombre tropieza y cae, el Señor, allí está para tenderle la mano, levantarlo de la caída y volver a ponerlo en pie. Por muchas que sean nuestras debilidades, Cristo es nuestra seguridad. ¡Cristo no nos deja! ¡Cristo no es neutral!; está siempre de nuestra parte. Por eso podemos decir con San Pablo…”Todo lo puedo en Cristo que me conforta, que me da las ayudas necesarias, si acudo a Él” Nuestras luchas diarias se concretan en cosas pequeñas, sin relieve: fortaleza para cumplir con delicadeza y constancia nuestros actos de piedad con el Señor, sin olvidarlos, sin posponerlos, sin anteponerlos por cualquier otra cosa que se nos presenta. Debemos corregir nuestro mal carácter, ser delicados con los demás; realizar muy bien nuestro trabajo, porque ya se lo hemos ofrecido a Dios, sin chapuzas Y, es fundamental que encontremos tiempo y personas que colaboren en nuestra Formación cristiana y teológica.

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